miércoles, 1 de marzo de 2017

María Domínguez y la Eugenesia


         De María Domínguez nos hemos ocupado en varias ocasiones, señalando algunos aspectos de su trayectoria personal que, en nuestra opinión, no se ajustaban estrictamente a la verdad.

         Hoy queremos hacer alusión a su labor como publicista, puesta de manifiesto a través de las conferencias que pronunció y los artículos que escribió para distintos medios de comunicación, entre ellos el semanario de la UGT Vida Nueva, que ahora pueden ser consultados en red, a través de la página de la Institución “Fernando el Católico”, tras haber sido digitalizada toda la colección de la revista.





         En ella María Domínguez insertó varios artículos. El primero apareció en el nº 3 de esa publicación, el 18 de mayo de 1930. Era una crónica de la conferencia pronunciada por Manuel Albar en Gallur, en la que, entre otras cosas exhortaba a los jóvenes para que “se aparten de las tabernas y busquen en la organización, la Cultura que ha de elevarlos a un plano mayor de moralidad”.

         A la semana siguiente publicaba un artículo titulado “¡Despierta… mujer!”, en el que proclamaba que el socialismo es “la única religión que no adora dioses falsos” y utilizando una terminología de claras resonancias religiosas señalaba que “ya tiene Gallur el templo social que ha de forjar los espíritus, eliminando, por medio de la Cultura, todos los vicios que la taberna y la corrupción han esclavizado al hombre trabajador, alejándolo e inutilizándolo como ser consciente”.  Por eso, “todos los hombres de buena voluntad van llevando grano a grano la arena que ha de construir la colosal pirámide, en cuya cima ha de tremolar la roja enseña de nuestra redención”.



         Siete días después vuelve de nuevo a insertar un nuevo trabajo en el que con el título “¡Alerta, galluranos!”, crítica con extraordinaria crudeza el intento del Ayuntamiento de esa localidad de crear una sociedad benéfica, para terminar afirmando “Es muy cómodo llamarse católico, apostólico y romano y no cumplir ninguno de los preceptos que el verdadero cristiano debe practicar. Pero no; no se cansen esos señores y esas aristocráticas señoras de bolso y rosario. El pueblo de Gallur les conoce bien y sabrá apreciar el mérito de su labor. ¡Alerta, galluranos! ¡Fuera hipocresías! Nosotros queremos trabajo, pero no limosna”.
         Quizá, el artículo más conocido, pues ha sido reproducido en otras ocasiones es el que publicó el 27 de julio de 1930, dedicado a “Manuela Pradilla”, una anciana de Fuendejalón, ferviente partidaria de la República que acababa de perder a su nuera, Ambrosia Zueco, viuda de su hijo Ángel ya fallecido, que era el único consuelo que le quedaba. Manuela Pradilla esperaba pacientemente su propia muerte, manifestando el deseo de que “en su féretro no se ponga otra cosa que los retratos de Joaquín Costa y Pablo Iglesias” y en su lápida una escueta inscripción: “Manuela Pradilla. ¡Viva la República!”.
         El 10 de agosto de 1930 apareció una crónica de una acto de adhesión y camaradería con los amigos de Cinco Villas, firmada por ella y el 31 de ese mismo mes un cuento “La escuela y el libro”, en el que vuelve a resaltar la importancia de la Cultura y de la labor del maestro en la formación de los jóvenes.

         Es curioso que la labor de María Domínguez se prodigue en los estertores de la monarquía y, más tarde, su nombre solamente vuelva a aparecer a raíz de la polémica mantenida con sus compañeros de la UGT que la criticaron con dureza, como comentaremos en otra ocasión.



         Hoy queremos detenernos en un sorprendente artículo publicado el 6 de julio de 1930, con el título de “Errores sociales”, sobre cuyo contenido no creemos que se haya efectuado ningún comentario a la hora de glosar la figura de María Domínguez.
         Sin embargo, lo que allí se manifiesta es de gran importancia para conocer una faceta de su pensamiento que, por otra parte, hay que enmarcarlo en el contexto de la época. Al hilo de unas conferencias pronunciadas en el Centro de la UGT de Zaragoza, en 1930, por el Dr. D. José Algora (por cierto, nacido en Magallón y Diputado en las Cortes Constituyentes de 1931, por el Partido Socialista), María Domínguez se adscribe a las tesis defendidas por el ilustre médico magallonero, lamentando “que la Iglesia se oponga a que se haga luz sobre tema tan importante como es la Eugenesia”.

         Prosigue afirmando que, con ella, “la raza puede alcanzar un máximun de perfección, eliminando de la sociedad a los seres que, mediante un concienzudo examen, se comprobase que no reunían las condiciones necesarias para procrear” y, de esta forma, “la humanidad ganaría en ello; la tuberculosis y otras enfermedades similares que nos aquejan disminuirían”.



         Pero, como insiste María, “la Iglesia se opone a esta reforma que en nuestro Código debiera ya estar con otra no menos digna de atención y estudio”, porque ella llega más lejos y propone la exigencia a todas las personas que vayan a contraer matrimonio de “un certificado prenupcial de todos sus valores morales y materiales”.

         Decíamos que estas opiniones había que situarlas en el marco de la época, pues  las teorías eugenésicas se llevaron a la práctica en el III Reich, con resultados bien conocidos que, en ese caso, suelen suscitar general repulsa.

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